lunes, 29 de junio de 2009

Realidad, Merú y Nakbé

Esta vez había mucha tranquilidad en la noche, iluminada tenuemente por causa de la neblina; todos descansaban y contaban las historias del día; la espesa humedad del bosque se sentía en la respiración. Ellos estaban aparte pero dentro del grupo; se susurraban despidiendo aroma de misterio como quien está alerta y cauteloso. De lejos, la madre de los mellizos los observaba con disimulo oscilando sus ojos de un lado a otro precavidamente; era la única que se fijaba en ellos; algo estaban tramando ellos dos, pensó ella. La noche se adentraba y comenzaban las percusiones con danzas aliñadas con humo de hierbas y hongos alucinógenos. Todos estaban concentrados en el ritual y ellos seguían concentrados en lo suyo.

Por fin tomaron la dura y peligrosa decisión y sigilosamente se fugaron de la tribu camuflados por la espesa atmosfera y la aplastante distracción del ritual.
Penetraron en la selva ayudados por la tenue luz de la luna; desde niños ambulaban por todos esos lugares pero hasta cierta distancia, más allá de la cual todo seria aventura, sorpresas y albedrío del destino.

Habían transcurrido 6 horas y estaban agotados mientras en la tribu todos estaban enterados y preocupados por su ausencia; la madre de los mellizos les decía a todos: yo lo sospechaba, yo lo sospechaba. La verdad es que en esta tribu no se preocupan sino más bien se enojan cuando suponen lo indeseado.

Habían llegado al punto crucial: hacia donde ir; a ella le habían contado historias cuando era niña y a él también; historias que traspasan la vida cotidiana de la tribu; pueden ser cuentos o leyendas o historias de la vida real. Están frente un rio y su dirección es muy clara y aprovechando un buen tronco que yacía en el lugar y se montaron sobre él. El rio es brioso cuando es joven; no como esos ríos viejos, perezosos, pero eso sí, señoriales.

Después de un largo trayecto a través del rio, decidieron pisar y continuar por tierra; se pararon un buen rato a descansar y el hambre les acosaba; la selva tiene ese problema: la comida es muy limitada para los humanos y deseaban vehementemente comer unas frutas o lo que fuese.

-No sé si hemos hecho bien en fugarnos de la tribu, le dijo Merú; tengo miedo de ir a lo desconocido, pero más miedo me da seguir en un lugar con esas costumbres tan rudas.

-A mí me sucede al revés: tengo miedo de dejar lo que conozco, mi gente, mi cultura y mis costumbres, dijo Nakbé.

-Naci allí, pase toda mi vida en la tribu y siempre todo me pareció absurdo; nunca soporte esos rituales tan bruscos al igual que los juegos, sobre todo la pelota; ¿Por qué tanta guerra y violencia?; dime, ¿porque tienen que ser tan barbaros y tan guerreros?, dijo Merú.

-Debe ser así, lo que sucede es que tú no nunca has comprendido nuestra cultura; los sacrificios son necesarios y las guerras son necesarias, respondió Nakbé.

-Mira Nakbé, tu vida son solamente ideas y pensamientos; tu Dios solo está dentro de tu cabezota y tu justificas absurdos sacrificios por culpa de todo lo que te dicen y se te ocurre; me parece increíble. Yo deseo vivir en una tribu que este en paz, sin guerras, sin violencia y sin costumbres violentas; deseo vivir en una tribu tranquila, sociable y amable donde todos nos relacionemos armónicamente sin pensar en ideas que nos enfrenten unos contra otros; ¿será eso posible, Nakbé?.

-Yo no lo creo mi amada Merú, mi realidad es mi tribu con sus costumbres y con sus ideas; esa es la única realidad que conozco y deseo vivir en ella; no deseo otra cosa, pero te amo tanto que te sigo y lo sacrifico todo por ti.

-Sigamos Nakbé, no quiero hablar más del tema y no debemos detenernos.

Y así, la pareja prosiguió su camino; caminaron y caminaron como las hormigas; de vez en cuando solo comían algunas semillas de palmeras y tallos tiernos de palmito y bebían el agua que se acumulaba en las bromeliáceas.

El día estaba cayendo y la noche se avecinaba; ella estaba tranquila y presentía que un gran cambio sucedería en su vida; él, sentía que no empalizaría con una nueva tribu pues no estaba dispuesto a cambiar sus ideas, sin embargo, él amaba demasiado a Merú y la seguiría a cualquier lugar.

De repente avistaron desde muy lejos lo que se parecía a una fogata y siguieron en esa dirección. Por fin llegaron al lugar y toda la tribu se acerco a ellos para recibirlos. La amabilidad y hospitalidad fue indescriptible; les ofrecieron los mejores alimentos y bebidas en honor a los nuevos huéspedes.

Los hombres de la tribu fueron muy corteses con Nakbé y esto le sorprendió mucho a él pero esto no le halagaba pues su cultura era incompatible con todo ello. En cambio, ella se sentía flotando por los aires pues es lo que siempre había deseado.

Las costumbres de la tribu eran entablar relaciones y labores armónicas entre todos. Era una comunidad ajena a la violencia, guerras y sacrificios y por ello Marú quedo encantada. No había prácticamente distinción de género excepto para lo necesario; trabajaban únicamente para cubrir necesidades fundamentales y dedicaban todo su tiempo para reunirse y relacionarse.

Así, fueron pasando los días y ella cada día más feliz y él cada día más insatisfecho.

Llego el momento culminante y de la decisión final.

-Marú, a pesar de todo lo que te quiero, no puedo seguir aquí pues me estoy muriendo en vida; debo regresar a lo que quiero, a mi gente y a mis costumbres, aunque siempre estaré esperándote; esto me parece una ilusión y alucinación absurda que no comprendo y me hace sentir muy mal.

Ella, con cara de tristeza le dijo que no regresaría a un mundo tan irreal como aquel en que vivía, lleno de cafres y patanes y, le aseguro que la realidad era para ella esa nueva forma de vida en la tribu recién conocida.

1 comentario:

Aristos dijo...

Querida Mara.

Un relato maravilloso y real.

Para algunos lo desconocido es una gran oportunidad para explorar lo bello de la existencia y que mejor que en compañía del resto; mientras que para otros es un miedo a romper con los hábitos que producen esas agradables sensaciones al cuerpo, sin importar quién está a tu lado lado.

Un abrazo

Aristos